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Roma, 14 de febrero de 2017 Queridas Hermanas, Siento una gran alegría de poderos encontrar en esta nueva “cita misionera”. Numerosas y

significativas han sido las resonancias de diversas inspectorías con respecto a la jornada de oración por la Inspectoría María Auxiliadora (IPI). La comunión con el Piamonte, tierra que ha formado y ha visto partir a las primeras seis misioneras hacia el Uruguay, es una invitación a unirnos todavía más en la preparación de la GRAN EXPEDICIÓN MISIONERA para celebrar bien el 140° aniversario de la presencia FMA en Suramérica.

Esta vez, queremos movilizarnos propiamente al Uruguay, la tierra convertida en la “segunda patria” de aquellas jóvenes, llegadas allí, con un corazón que no conocía dificultad, nostalgia, lamento... con el solo deseo de amar y de llevar a Jesús ¡hasta los confines del mundo!

Hoy, 14 de febrero, nos unimos en oración por la Inspectoría Inmaculada Concepción (URU). Todas nuestras comunidades están invitadas a recordar con afecto y agradecimiento la tierra de esta Inspectoría que ha acogido a las primeras seis FMA misioneras ad gentes en el lejano diciembre de 1877, después de cerca de un mes de viaje. Como gesto concreto, podemos dejar sobre el altar de la capilla, durante toda la jornada, el volumen II del Elenco del Instituto, abierto en las páginas 190-191. Sería bonito poner cerca del Elenco un cartoncito con el nombre de nuestras primeras misioneras: Sor Ángela Vallese, Sor Teresa Gedda, Sor Teresa Mazzarello, Sor Ángela Cassulo, Sor Juana Borgna y Sor Ángela Denegri. Con este gesto, queremos elevar a Dios y a María Auxiliadora nuestra oración de agradecimiento y de intercesión por Uruguay y por la Inspectoría Inmaculada

Concepción.

Entre los episodios que han señalado los acontecimientos de la primera expedición misionera, encontramos uno muy simpático, pero también lleno de significado, narrado en la Cronohistoria (Volumen II):

Poco después, mientras todas hacen corro a la Superiora en estos últimos momentos de

despedida, aparece Don Cagliero con otro hermoso lienzo que representa a María

Auxiliadora con un gracioso niño sonriente en sus brazos. «Lo robé de la sacristía de

Valdocco, dice graciosamente, lo robé para vosotras. Lo pintó un señor, enfermo de la vista y

a punto de quedarse ciego. Recurrió a Don Bosco, el cual, después de guiarle un poco el

pincel sobre el lienzo, lo bendijo. En aquel momento, el enfermo se sintió perfectamente

curado y nos ha regalado esta Virgen tan hermosa». Es, por consiguiente, un cuadro

milagroso. ¡Sólo verlo da alegría! Don Bosco lo ha bendecido de nuevo y se lo manda a las

misioneras. «Lleváoslo, y que la Virgen os bendiga y os acompañe en este largo viaje».

De, hecho, el cuadro de María Auxiliadora con el Niño que sonríe, se encuentra todavía hoy en Villa Colón (Montevideo), propiamente en la capilla de la Casa Inspectorial. Les confiamos a las hermanas que viven allí y en las comunidades cercanas: Os pedimos queridas hermanas de pedir a la Virgen mirando a los ojos del Niño que sonríe, pedidle a la Virgen un despertar de vocaciones misioneras ad gentes, para la Iglesia y para el Instituto: vocaciones del calibre de las primeras seis

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misioneras; sean numerosas y enfervorizadas por la pasión misionera. Además, todas nosotras rezaremos junto con vosotras, queridas hermanas de Uruguay, por el pueblo y las culturas que todavía hoy están en la espera del anuncio del Evangelio, que aún hoy esperan conocer a Jesús aunque no tengan la conciencia y no sepan expresarlo.

Para concluir, os hago el regalo de un testimonio llegado propiamente de la Inspectoría Inmaculada Concepción (URU) que conserva las improntas dejadas por las primeras seis misioneras en aquella realidad. Os invito a leerla, orando y meditando con el corazón aquello que con el corazón ha sido vivido y escrito:

«En el Uruguay tenemos el privilegio de haber recibido al primer grupo de hermanas misioneras que salieron de Mornés en 1877, ellas, así como también las hermanas del segundo grupo de 1879, vivieron y se formaron en la escuela de María Dominga y las primeras comunidades. ¿Qué impronta dejaron? La primera que me brota espontáneamente es la sencillez de vida, la simplicidad mornesina que hacía posible la familiaridad en el trato, la cercanía y la espontaneidad. Eso se ve reflejado claramente en las cartas de las primeras misioneras cuando se comunicaban con la Madre. Sencillez que les permitió vivir con alegría el trabajo sacrificado y la pobreza de los primeros tiempos. Creo que la sencillez es un legado que nos han dejado y que a quienes visitan nuestra tierra les brota sinceramente: ¡Cómo se nota que aquí llegaron las primeras hermanas de Mornés! Luego también un fuerte sentido de pertenencia al Instituto, el amor a Don Bosco y Madre Mazzarello. Es admirable que con los escasos medios de comunicación de la época ellas hayan logrado no sólo mantenerse fieles al carisma aun enriqueciéndolo con los aportes de nuestra propia cultura, sino también trasmitirlo a las nuevas generaciones y a los jóvenes. Sí, los jóvenes del Uruguay, también hoy vibran con el carisma y con la espiritualidad mornesina, se siente ellos también “hijos e hijas” de Maín. Sin duda que el sentirse “familia”, ha sido favorecido por la presencia de la MADRE AUXILIADORA, la del Niño que sonríe. Nuestras primeras misioneras tuvieron siempre conciencia del tesoro que traían a América, la imagen bendecida por Don Bosco; a ella se confiaron plenamente y desde Villa Colón fueron irradiando el amor y la confianza en María Auxiliadora, que ha sido y es un rasgo permanente en toda HMA del Uruguay y en los exalumnos y exalumnas. María, las ha precedido y nos precede abriendo el camino para el anuncio de Jesús y su Evangelio. Este primer grupo de misioneras estaba constituido por seis hermanas muy jóvenes, tres de ellas con 17 años; se habían formado en el clima de aquella casa de Mornés que vibraba con los sueños misioneros de Don Bosco; el “voy yo” se repetía con naturalidad evangélica, y con ese espíritu de “disponibilidad misionera” llegaron a nuestra tierra. Aquel pañuelo que Juana Borgna había recogido en el barco, caído de las manos temblorosas de Don Bosco, sin duda que era un signo de esa disponibilidad para la misión que el santo le pedía a sus hijos e hijas. Por eso ellas siempre estuvieron dispuestas a “partir”, para llevar el mensaje a otras tierras. Y supieron contagiar de esa pasión a las vocaciones uruguayas que iban surgiendo; del Uruguay partirán jóvenes hermanas para llevar la buena noticia a las jóvenes en

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tierras del Brasil, en Tierra del Fuego y en el Paraguay. Esta disponibilidad misionera, que está en la esencia de nuestro carisma y en el origen de nuestra Inspectoría, esa realidad que nos llena hoy de santo orgullo, porque de aquí partieron tantas llevando el regalo del carisma a otros pueblos, es sin duda una dimensión en la debemos seguir creciendo, fortaleciendo, en la realidad de hoy tan necesitada de la presencia de Jesús. Celebrar los 140 años, no es sólo una gloria para nosotras, sino un compromiso». (M. F.)

Un abrazo fraterno junto con un gracias que reconoce vuestra implicación y por la disponibilidad a celebrar bien el 140° de la Primera Expedición Misionera. En el corazón misionero de Don Bosco y de Madre Mazzarello,

Consejera para las Misiones

Lienzo de María Auxiliadora bendecido por Don Bosco y llevado a América (Uruguay)

por las primeras FMA misioneras ad gentes